22 (espacio cedido)
Una sortija de oro
Diego Cornejo Menacho
La mujer lo miró como un homicida a su víctima. Entonces, disparó al corazón: ´Hace dos días me casé con él, lo lamento, pero no tuve fuerzas para anunciártelo antes´
Escribir es preparar un cóctel de memoria más imaginación; cada quien debe descubrir en qué proporciones poner cada ingrediente para conseguir el sabor preciso. Quizás por ello, dicen, la literatura no puede escapar de lo autobiográfico... bueno, al menos no totalmente. En ello está pensando Eva, ante la pantalla de la computadora, en donde escribe cuando sus hijos y el trabajo se lo permiten. Está obsesionada por escribir una novela, un texto que la libere de sus íntimos fantasmas. Eso de novelar lo decidió un día en que, de pronto, se vio al espejo y pensó: "Me estoy cansando de estar siempre conmigo misma".
Lee el párrafo que ha escrito: "Se habían citado en el lugar de costumbre. Su amante ya estaba allí, como era usual en él, adelantado unos minutos y ya tenía en la mesa un expreso, del que había tomado un sorbo. Vestía un traje del gris Vitale Barberis Canónico, de corte impecable. La corbata era una mancha de sangre en su pecho blanco. El cabello desordenado que lo caracterizaba, algo ensortijado; jugaba con un lapicero en sus manos. Cuando la vio se puso de pie, la besó apenas y ella sintió la presión de las manos en la espalda. Su rostro sin rasurar tenía una fragancia vegetal de Puig, ese olor que no podría olvidar. Hablaron de asuntos sin importancia, durante unos instantes. Se acercó el mesero. Una copa de vino blanco, pidió ella. Apenas se la sirvieron, tomó la copa y bebió un trago muy largo. La mujer lo miró como un homicida a su víctima. Entonces, disparó al corazón: Hace dos días me casé con él, lo lamento, pero no tuve fuerzas para anunciártelo antes.
Vio, o creyó ver, un leve temblor en los labios del hombre que amaba y deseaba. Vio que en sus ojos las lágrimas se resistían a salir. ¿No me vas a decir nada?, preguntó ella. Respuesta: Me lo imaginé. El pronunció aquello y le ofreció una bolsita de cuero. Ella la abrió desatando un delgado cordel. Contenía una sortija de tres diamantes engastados en oro".
Eva vuelve al texto una y otra vez. Hace pequeñas enmiendas. Se dirige el vestidor y busca el cofrecito de sus joyas. Toma una sortija de oro con tres brillantes. Se la coloca en el anular, donde siempre lleva su aro de bodas. Extiende el brazo y mira el dorso de la mano izquierda con los dos anillos. La acerca y besa la sortija con ternura. La congoja que la domina es la de una viudez que no comprende, todavía.
Revista HOY Domingo
domingo@hoy.com.ec www.hoy.com.ec/domingo/home.htm
Diego Cornejo Menacho
La mujer lo miró como un homicida a su víctima. Entonces, disparó al corazón: ´Hace dos días me casé con él, lo lamento, pero no tuve fuerzas para anunciártelo antes´
Escribir es preparar un cóctel de memoria más imaginación; cada quien debe descubrir en qué proporciones poner cada ingrediente para conseguir el sabor preciso. Quizás por ello, dicen, la literatura no puede escapar de lo autobiográfico... bueno, al menos no totalmente. En ello está pensando Eva, ante la pantalla de la computadora, en donde escribe cuando sus hijos y el trabajo se lo permiten. Está obsesionada por escribir una novela, un texto que la libere de sus íntimos fantasmas. Eso de novelar lo decidió un día en que, de pronto, se vio al espejo y pensó: "Me estoy cansando de estar siempre conmigo misma".
Lee el párrafo que ha escrito: "Se habían citado en el lugar de costumbre. Su amante ya estaba allí, como era usual en él, adelantado unos minutos y ya tenía en la mesa un expreso, del que había tomado un sorbo. Vestía un traje del gris Vitale Barberis Canónico, de corte impecable. La corbata era una mancha de sangre en su pecho blanco. El cabello desordenado que lo caracterizaba, algo ensortijado; jugaba con un lapicero en sus manos. Cuando la vio se puso de pie, la besó apenas y ella sintió la presión de las manos en la espalda. Su rostro sin rasurar tenía una fragancia vegetal de Puig, ese olor que no podría olvidar. Hablaron de asuntos sin importancia, durante unos instantes. Se acercó el mesero. Una copa de vino blanco, pidió ella. Apenas se la sirvieron, tomó la copa y bebió un trago muy largo. La mujer lo miró como un homicida a su víctima. Entonces, disparó al corazón: Hace dos días me casé con él, lo lamento, pero no tuve fuerzas para anunciártelo antes.
Vio, o creyó ver, un leve temblor en los labios del hombre que amaba y deseaba. Vio que en sus ojos las lágrimas se resistían a salir. ¿No me vas a decir nada?, preguntó ella. Respuesta: Me lo imaginé. El pronunció aquello y le ofreció una bolsita de cuero. Ella la abrió desatando un delgado cordel. Contenía una sortija de tres diamantes engastados en oro".
Eva vuelve al texto una y otra vez. Hace pequeñas enmiendas. Se dirige el vestidor y busca el cofrecito de sus joyas. Toma una sortija de oro con tres brillantes. Se la coloca en el anular, donde siempre lleva su aro de bodas. Extiende el brazo y mira el dorso de la mano izquierda con los dos anillos. La acerca y besa la sortija con ternura. La congoja que la domina es la de una viudez que no comprende, todavía.
Revista HOY Domingo
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